Era la tarde de un viernes, 25 de febrero de 2022. Elden Ring estaba disponible. La mano me temblaba sobre el botón de compra, y no era por la emoción, sino por el trauma. La culpa la tenía Bloodborne. Recuerdo la frustración cruda contra el Padre Gascoigne y la desesperación absoluta en esa catedral contra la Bestia Sedienta de Sangre. El juego me había tratado con crueldad. Lo terminé, sí, por orgullo, pero juré que el género Soulslike y yo habíamos terminado.

Pero aquí estaba, FromSoftware, con un mundo abierto. Una promesa de libertad que contradecía mi experiencia pasada. Lo compré. Lo descargo. Era la última oportunidad que le concedía a un Soulslike.

El miedo al comienzo era palpable.

Aparezco en Necrolimbo. El mundo es enorme. Me dedico unos minutos a explorar con la cámara: veo a lo lejos un castillo, una ¿torre gigantesca?, playas, pantanos, el árbol áureo y justo delante de mi, en el camino que creo que debo seguir, un caballero enorme a lomos de un caballo enorme con una armadura dorada, un escudo enorme y un arma enorme. ¿He dicho ya que era enorme?. Por inercia, busco el peligro inmediato. Voy a por él. Iluso de mi. Mi vieja táctica de Bloodborne, la agresividad, me pide ir directo al ataque. Intento un parry. Se que voy a morir de dos golpes, pero la realidad me alcanza en forma de 1 solo golpe. Lo repito. Mi técnica es ridícula. Decido dejarlo, ya volveré a por mi venganza.

Sigo caminando, esquivando de forma lamentable a ese caballero dorado. Llegó a un campamento donde parece que con sigilo puedo acabar con todos esos soldados, dejando a un soldado que por su apariencia tiene clara pinta de difícil para el final. Todo va bien hasta que de pronto escucho una trompeta ¿que está pasando? Veo que uno de los enemigos está dando la voz de alarma y de pronto todos los restantes del campamento, incluidos el señor caballero de apariencia dura, vienen a por mi. Pues nada, otra muerte. Veo una Gracia perdida, decido sentarme y entonces sucede, Melina aparece, hago un pacto con ella, me permite subir de nivel. Esto ya es otra cosa, pero no suficiente para ese campamento, así que en otro error decido continuar mi camino, esquivando todo lo que puedo ( otro error ).

La frustración se dispara cuando llego al Castillo de Velo Tormentoso. Pasillos, caminos, enemigos, salas, enemigos, comedores, enemigos, almacenes, enemigos y de pronto, una puerta grande con otra Gracia perdida. He jugado a bastantes juegos como para saber que un punto de guardado antes de una puerta grande nunca es buena señal. Decido entrar y ahí aparece, el que interpreto es el primer jefe: Margit, el Augurio caído.

El jefe es rápido, implacable. Lo intento diez veces, luego quince. Es la rabia de Yharnam regresando. Sentado en el sofá, me doy cuenta de que realmente estoy peleando contra dos jefes: Uno es Margit, el otro es mi impaciencia. Estoy jugando a Elden Ring como un pasillo, un combate obligado. Y el juego se está riendo de mi en mi cara.

Dejé el mando. Respiro profundamente. No voy a rendirme, voy a hacer caso al mundo. Inicio mi viaje por las Tierras Intermedias.

LA BRÚJULA ROTA Y LA GLORIA DE AVANZAR SIN SENTIDO

Dejé a Margit en su fortaleza y cabalgué a la aventura. Ese fue el punto de inflexión. El juego no solo me permitía irme, sino que me recompensaba por ello.

Me perdí en distintas Catacumbas, encontrando Runas para subir niveles. Descubrí lagunas, enemigos, mercaderes. Cada hora que pasaba explorando era una hora que me hacía más fuerte, más paciente. La solución al jefe no estaba en mi timingperfecto, sino en la exploración del mundo.

Cuando volví a Margit, ya no era el mismo. Tenía el Espíritu Invocador de Aurelia, la medusa, mi espada tenía dos niveles más, y la armadura que recogí me daba la defensa justa. La pelea fue tensa, pero la victoria fue una exhalación de orgullo. Entonces lo entendí: No estoy en un Devil May Cry, no estoy en un Bayonetta, no estoy en un Hack’n Slash. Toca ser paciente, esquivar, esquivar, cubrirte, esquivar, golpear y repetir.

LA TRANSFORMACIÓN: EL SEÑOR DEL CÍRCULO

El viaje me transformó. La progresión se convirtió en mi obsesión: Meseta de Altus, recorrer la pintoresca Caelid «ciudad de vacaciones», conocer al $%@#∞##¢ de Radahn y su pobre corcel (que habrá hecho en otra vida para merecer eso).

Viajar por las cadenas nevadas para llegar al Pico de los Gigantes, descubrir la ciudad flotante de Farum Azula, volver al Árbol Áureo y conocer a Radagon y, finalmente, convertirme en el Señor del Círculo. La recompensa final no fue el título, sino la perspectiva.

Elden Ring me obligó a ser metódico, a ver la frustración solo como el primer paso hacia el crecimiento.

Poco después, hice algo que pensé que nunca haría: volví a jugar a Bloodborne.

Yharnam ya no era el laberinto frustrante. Ahora veía los parries de pistola, el timing perfecto. El desafío seguía ahí, pero yo lo abordaba con la calma de un explorador. Compré Dark Souls III. Por fin, pude disfrutar de la arquitectura del nivel sin querer romper el mando.

Elden Ring fue la purga. Fue el juego que me obligó a evolucionar, dándome la libertad de irme para aprender el valor de regresar. Es una obra maestra que, al principio, me odió, pero que finalmente me redimió.

Por pixelman

Enganchado a los videojuegos desde mi Spectrum 128k

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