Hay videojuegos que ocupan un lugar especial en la memoria de cualquier jugador. A veces es porque llegaron en el momento adecuado. Otras porque nos acompañaron durante una etapa concreta de nuestra vida. Y, en ocasiones, simplemente porque consiguieron transmitir algo que muy pocos juegos han logrado volver a despertar con el paso de los años.
Para mí, Star Fox es uno de esos videojuegos.
Más concretamente, Lylat Wars, la versión que llegó a Nintendo 64 acompañada del inolvidable Rumble Pak. Todavía recuerdo perfectamente aquellas primeras partidas. Como muchos jugadores de la época, estaba convencido de que el juego era exactamente lo que veía delante de mis ojos: una sucesión de niveles lineales que comenzaban en Corneria y terminaban derrotando a Andross.
Hasta que un día un amigo me enseñó su partida.
De repente descubrí que el mapa del sistema Lylat no era un simple elemento decorativo. Había rutas alternativas, planetas que nunca había visitado, jefes diferentes, misiones ocultas, desafíos especiales y finales distintos dependiendo del camino elegido. Era como si alguien hubiese abierto una puerta secreta dentro de un juego que yo creía conocer de memoria.
Volver a casa aquel día para intentar descubrir todos esos secretos por mí mismo fue una sensación difícil de explicar. Era una época en la que internet todavía no estaba presente en nuestras vidas como lo está hoy, así que cada descubrimiento tenía un componente de sorpresa que resultaba mágico. Cada ruta nueva era un premio. Cada misión oculta era una conversación en el patio del colegio al día siguiente.
Quizá por eso siempre he guardado un cariño especial a esta saga.
Sin embargo, con el paso de los años daba la sensación de que Nintendo tampoco sabía muy bien qué hacer con ella. Hubo intentos de devolverla a la actualidad, algunos más acertados que otros, pero ninguno consiguió recuperar la relevancia que había tenido durante la generación de Nintendo 64. Poco a poco, Star Fox fue desapareciendo de las conversaciones hasta convertirse en una de esas franquicias que muchos daban prácticamente por olvidadas.
Y entonces llegó el Nintendo Direct.
Entre anuncios de nuevos juegos apareció algo que llevaba años esperando ver: un remake de Lylat Wars para Switch 2.
Un remake que entiende por qué funcionó el original

En los últimos años la palabra «remake» parece haber adquirido significados muy diferentes dependiendo del estudio que lo desarrolla. Hay quien entiende un remake como una oportunidad para reescribir completamente una obra, cambiar personajes, alterar la historia o convertir el juego original en una experiencia distinta.
Personalmente, nunca he compartido esa visión.
Para mí, un remake debería tener un objetivo mucho más sencillo, y al mismo tiempo mucho más complicado: permitir volver a disfrutar del mismo videojuego que enamoró a tantos jugadores hace décadas, eliminando únicamente las limitaciones técnicas de su época.
No necesito que reescriban la historia. No necesito que añadan giros argumentales que cambien por completo el tono de la aventura. Tampoco quiero que conviertan un videojuego de acción arcade en un drama filosófico sobre los horrores de la guerra o en una obra obsesionada por explicar hasta el último detalle de su universo.
Lo único que quiero es volver a sentir lo mismo que sentí cuando despegué por primera vez desde Corneria.
Y eso es exactamente lo que consigue este remake.
Desde el primer minuto resulta evidente que sus responsables entendieron perfectamente cuál era la esencia de Lylat Wars. En cuanto comienza la primera misión, la sensación es inmediata: reconoces cada escenario, cada movimiento de la cámara, cada enemigo y cada momento icónico, pero todo luce muchísimo mejor.
Los efectos de iluminación aportan una profundidad que Nintendo 64 era incapaz de ofrecer. Los escenarios tienen un nivel de detalle infinitamente superior. Las animaciones son mucho más fluidas. Las explosiones, los reflejos, las texturas y los modelos de los personajes han recibido el tratamiento que uno esperaría de un remake desarrollado con el hardware actual.
Sin embargo, lo más importante no son los gráficos.
Lo verdaderamente importante es que el juego sigue sintiéndose igual.
Los controles responden exactamente como los recuerdas. El Arwing transmite la misma agilidad. Los barrel rolls siguen siendo tan satisfactorios como hace casi treinta años. Incluso el ritmo de las misiones mantiene ese equilibrio perfecto entre espectáculo y jugabilidad que convirtió al original en un clásico.
Y eso, precisamente, es el mayor elogio que puedo hacerle.
No intenta convencerte de que el juego original estaba equivocado. No pretende sustituir el recuerdo que millones de jugadores conservan de él. Simplemente toma aquella aventura, elimina las limitaciones técnicas de la época y la presenta con el aspecto que siempre imaginamos que tenía cuando éramos niños.
¿Merece la pena?

La gran pregunta es si este remake merece la pena, especialmente para quienes ya exprimieron el original en Nintendo 64. Mi respuesta es un sí rotundo.
Lo primero porque respeta absolutamente la esencia del juego. No intenta reinventarlo ni convertirlo en una experiencia completamente distinta. Sigue siendo Lylat Wars, con sus mismos niveles, sus rutas alternativas, sus diálogos, sus personajes y esa jugabilidad arcade que convirtió al original en uno de los títulos más recordados de la consola.
Pero, al mismo tiempo, mejora prácticamente todo lo que podía mejorarse. Los controles se sienten más precisos y suaves, el rendimiento es impecable desde el primer minuto y el apartado gráfico consigue que cada escenario luzca como siempre lo imaginamos cuando éramos niños. A todo ello se suma un doblaje completo al español que aporta personalidad a los personajes y hace que la aventura resulte todavía más agradable de seguir.
Aunque el juego se disfruta enormemente conectado al televisor, creo que donde realmente brilla es en el modo portátil de Switch 2. Hay algo en poder jugar una misión rápida, descubrir una nueva ruta o intentar mejorar tu puntuación con la consola entre las manos que recuerda mucho a aquellas tardes delante de la Nintendo 64. Es una experiencia tremendamente cómoda, muy fluida y perfecta para partidas cortas o largas, según el tiempo del que dispongas.
Quizá quien nunca haya conectado con la propuesta original siga viéndolo como un shooter sobre raíles relativamente breve. Pero para quienes disfrutamos de Lylat Wars en su día, este remake representa exactamente lo que esperábamos encontrar: el mismo viaje, las mismas sensaciones y el mismo juego que recordábamos, solo que más bonito, más pulido y adaptado a los estándares actuales.
Todo es igual.
Pero todo es mejor.
Y, para mí, eso es exactamente lo que debería ser un remake.